Tinder: ¿Es la celestina del siglo XXI un sumidero emocional?

Desde su lanzamiento en 2012, Tinder es la aplicación de citas líder a nivel mundial, con 100 millones de descargas y 10 millones de usuarios activos diarios (March, Grieve, Marrington, & Jonason, 2017; Orosz, Tóth-Király, Bothe, & Melher, 2016). Ante tal popularidad, no es extraño preguntarse a qué se debe tanto éxito. ¿Qué tiene Tinder?


En una entrevista de 2016, Sean Rad, creador de la app, expresó que la idea original que le llevó a desarrollar el prototipo de la plataforma fue intentar garantizar que hubiera reciprocidad entre dos personas a la hora de interactuar antes de que se produjera siquiera un encuentro entre ambas. Tener un match significa que dos personas están interesadas en conocerse antes de cruzar una palabra. ¿No es esto revolucionario? ¿Qué hubiera sido de Ted Mosby o Bridget Jones con Tinder?
Algunas opiniones considerarán que la app rompe con el encanto de los encuentros fortuitos, o que estamos en una realidad propia de Black Mirror. Coincido, en parte. Tinder contribuye a disipar las inseguridades y miedos previos que algunas personas sienten de cara a interactuar con alguien. Hablemos de esa inseguridad, ¿a qué se teme tanto? Según Leary (2015), sentir rechazo cuando nos relacionamos con un otro guarda relación con experimentar sentimientos como la soledad, vergüenza, culpa, ansiedad… La app pretende y en gran parte, logra, crear un entorno seguro al liberarnos de experiencias relacionadas con el rechazo y del consecuente dolor emocional. Tinder aparentemente es una piscina cómoda en la que poder navegar, en comparación al mar incierto que puede suponer conocer a gente fuera de la app. No obstante, cabe considerar esto con pinzas, ya que tener un match no significa necesariamente que ambas personas implicadas estén realmente interesadas la una en la otra. Es aquí cuando la atmósfera Tinder se nubla y puede llegar a convertirse en fuente de malestar. Pero, ¿no se supone que Tinder nos está facilitando la vida? ¿Cómo es esto de que en realidad no siempre es así?


Os invito a hacer lo siguiente: teclead “Tinder makes me feel…” (Tinder me hace sentir) en la caja de motor de búsqueda de Google. La función Google Suggest nos propone palabras clave asociadas a lo que se escribe en dicha caja. Si hablamos de Tinder, los descriptores que aparecen en primer lugar son adjetivos con una importante carga emocional negativa, entre los que se encuentran: deprimido/a, solo/a, vacío/a, inseguro/a, y ansioso/a. Incluso aparecen alusiones al suicidio. ¿Cómo puede ser que 10 millones de personas diariamente empleen tiempo en una app que es capaz de generar estos sentimientos? A pesar de que Tinder en principio, y según el planteamiento de sus creadores beneficia a sus usuarios; hay pistas que señalan que el efecto en ellos es más bien el contrario. Una de ellas es el experimento en Google que acabamos de hacer, que a pesar de carecer de rigor científico, aporta información cualitativa que es importante mantener en mente. Por profesión e interés personal, decidí elaborar mi trabajo final de máster sobre las diferencias observadas entre usuarios y no usuarios de la app en diversas variables de interés psicológico: autoestima, satisfacción corporal y narcisismo; además de evaluar los diferentes motivos que estaban relacionados con el uso y descarga de la misma. Aunque se trata de un estudio pequeño, pude llegar a ciertas conclusiones que francamente encuentro preocupantes desde el campo de la salud mental y emocional.


Vayamos por partes. En primer lugar, ¿Qué lleva a las personas a descargarse la app? Porque una cosa es qué vieron sus fundadores en ella, y otra, qué proyecta o ve la sociedad en la misma. Considero que es en estas proyecciones donde erradica el problema asociado al malestar reportado por la actividad en Tinder. En 2017, Timmermans y De Caluwé llevaron a cabo un estudio en el que validaron empíricamente las diferentes motivaciones que entraban en juego a la hora de descargarse la app en una muestra de más de 4000 personas usuarias de la misma. Como Bridget o Ted Mosby, la búsqueda del amor suele ser popular en la plataforma. El desamor también motiva a ciertas personas a abrirse una cuenta en la aplicación, con el fin de sobreponerse de la ruptura; así como la búsqueda de sexo sin compromiso. Aunque en planos distintos, la actividad en Tinder parece relacionarse con la búsqueda de compañía. ¿Tiene esto que ver con esa sensación de soledad que aparece en Google? En mi opinión, sí.
No solamente porque de entrada, soledad y compañía versan sobre realidades antagónicas, sino también basándome en lo siguiente: el resto de motivos asociados al uso de la app se relacionan con la huida de la soledad, o de estar consigo mismo; cabe aquí la libertad de expresión. Usar Tinder por aburrimiento, como procrastinación, por mera curiosidad, para evadirse o relajarse… son motivaciones también observadas por Timmermans y De Caluwé (2017) que invitan a pensar que existe cierta incomodidad ante no hacer nada, o ante la nada en sí. A estar cara a cara consigo mismo, generando así, la aparente tendencia de bucear en la app en momentos potenciales para hacer lo primero. Se observa, entonces, dos vertientes que conducen a volcar en Tinder el deseo de no estar solo o no estar haciendo nada, bien de manera directa como serían los primeros casos comentados, bien de manera indirecta como los últimos. No hacer nada asusta, no hacer nada implica muchas veces entrar en contacto con pensamientos o sensaciones que no resultan agradables. A pesar de que a corto plazo evitar sensaciones dolientes emocionalmente puede resultar beneficioso, realmente este fenómeno no es adaptativo, ya que este tipo de experiencias forman parte de la vida. De una manera u otra, están ahí y seguirán estando aunque se haga esfuerzos para no mirarlas, para desviar la atención hacia otra cosa. Escenarios virtuales como Tinder ayudan a diluir este malestar de manera transitoria, pero alienan al ser humano al mismo tiempo al privarle de la posibilidad de generar recursos para transitar el dolor emocional. Que me reitero, forma parte de lo que supone ser un ser humano. Parece que estemos negando una parte que es tan esencial en nuestra naturaleza como comer o dormir. Sentir, lo bueno y lo malo, forma parte de nosotros.


Por otra parte, algunas personas activas en Tinder desean autoafirmarse o buscar aprobación social a través de los likes obtenidos en la plataforma o de los matches conseguidos. Otras, se crean el perfil por deseabilidad social o por seguir modas, en este caso la tendencia al «amor líquido» propia del siglo XXI (Bauman, 2005). Ambos motivos coinciden en el estar por el otro, en agradar. Es a través del otro donde se sustenta el amor propio, y permitidme un spoiler, eso no acaba bien. Cuando anteriormente he expresado mi preocupación respecto al mundo Tinder me refería a todo esto. A lo fácil que se deja en manos de las pantallas y de público desconocido la posibilidad de que influya en la relación que cada persona construye y tiene consigo misma. Considero que la app favorece que la imagen corporal sea un aspecto troncal en el autoconcepto de las personas, convirtiéndose prácticamente en su carta de presentación. Y esto es un problema. Porque según lo que observé en mi tesis, algunos de los usuarios están cayendo en una dinámica de reparación del dolor emocional sentido a través de la imagen proyectada en Tinder y del número de matches conseguidos. Encontré que a mayor insatisfacción corporal, mayor era el narcisismo observado en las personas; siendo más intensa esta relación entre variables en los usuarios de la app. Es decir, cuanto peor se siente una persona consigo misma por la razón que sea, es bastante probable que suba fotos en Tinder en las que se muestre o potencie especialmente su atractivo físico. Además de que este fenómeno resulta tremendamente paradójico, conlleva a otro problema, grave: el hecho de que es un planteamiento desgastante para la persona.
¿Qué poder sobre sí mismo tiene alguien que recurre a los likes o matches acumulados para animarse o sentirse mejor? Es un problema de base, pero que además, se incrementa porque a pesar de que los likes y los matches pueden suponer personas potencialmente interesantes para el usuario, son bastantes las ocasiones en las que no están sustentados en un interés real.


Y entonces, bum. Se cae la casa, se derrumba la autoestima. Y vemos esos descriptores en Google. Porque se asumen como ciertas dos premisas que no lo son, que son nebulosas. Una, que un match significa algo más de lo que realmente es, y dos, que tener tantos matches es indicador de la valía de una persona.


“¿Tinder me hace sentir vacío/a… porque estoy aquí pasando el tiempo, porque no tengo nada mejor que hacer?” “Tinder me hace sentir inseguro…porque no tengo casi matches? ¿Porque me los deshacen antes de haber entablado una conversación?” “¿Tinder me deprime… porque…?” ¿Por qué? ¿Me incomoda la soledad como a Ted y Bridget? Tinder puede facilitarnos la vida, sí. Pero mantengamos los pies en la tierra y recordemos qué queremos conseguir a través de la app, y quiénes somos además de lo que se muestra en el perfil de la inconfundible llama fucsia y blanca. Como todo en la vida, si el suelo que se pisa es firme, caminaremos seguras, aunque el entorno sea nebuloso o líquido. Como la piscina fucsia y blanca Tinder.